La pintora peruana que estuvo olvidada por décadas

Rebeca Oquendo pintó en su juventud a una mujer atrapada en una tristeza profunda, sin imaginar que ese cuadro terminaría pareciéndose demasiado a su propia vida. “Margarita” no solo se convirtió en su obra más conocida, sino también en una imagen que, con el tiempo, adquiriría un sentido inesperado.

Luego de haber vivido por décadas en Francia, Rebeca Oquendo se estableció en Lima y se fue alejando del mundo. Vivió en una casona, casi en silencio, dedicada a una vida interior cada vez más marcada por la soledad. Sus cuadros, traídos desde Europa y conservados con celo, quedaron guardados durante décadas. Durante mucho tiempo, su nombre apenas circuló; parecía que su obra había quedado suspendida en el pasado. Sin embargo, ese olvido no fue definitivo.

Con el paso de los años, su legado empezó a reaparecer. Las pinturas que había conservado en privado comenzaron a reconstruir la figura de una artista que había sido fundamental. En ese proceso, una carta tuvo un papel clave: en ella, Oquendo ofrecía sus obras al Estado peruano y se refería a su propia pintura como un simple “pasatiempo”. Ese gesto permitió que su trabajo se conservara y hoy su historia se recupere junto con sus cuadros.
comunicación telemática.

El cuadro “Margarita”


“Margarita”, pintado en 1878, es un óleo de gran formato que actualmente forma parte de la colección del Palacio de Torre Tagle. La obra representa a un personaje de la novela “Fausto», de Johann Wolfgang von Goethe: una joven marcada por la inocencia y la tragedia.

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En la pintura, la figura aparece de pie, con un vestido blanco que resalta en medio de un ambiente oscuro. Sostiene un misal con ambas manos y dirige la mirada hacia el espectador de forma contenida. El espacio que la rodea recuerda a una iglesia o un recinto religioso, con vitrales y una atmósfera cerrada.
La escena sugiere un momento de recogimiento, pero también de encierro. El contraste entre la luz del vestido y la penumbra del fondo refuerza esa tensión. No es una imagen narrativa en sentido directo, sino una construcción simbólica: la pureza, la culpa y la pérdida están presentes sin necesidad de acción. Este manejo de la luz y del gesto muestra la formación académica de la artista y su cercanía con la pintura europea del siglo XIX. Al mismo tiempo, la obra destaca dentro de su producción por su tamaño y por el tratamiento más luminoso de la figura.

La trayectoria de Rebeca Oquendo


La exposición desafía la idea arraigada de que Rebeca Oquendo nació en Lima en 1847, en el seno de una familia de prestigio y poder adquisitivo que pronto se trasladó a Francia. Allí recibió una educación que incluía dibujo y pintura, disciplinas que eligió desarrollar desde joven. Se formó con el pintor francés Jean-Baptiste Ange Tissier y participó en exposiciones tanto en París como en Lima durante la década de 1870. En ese periodo obtuvo reconocimiento: presentó obras en el Salón de París y fue premiada en la Exposición Nacional de Lima de 1872.

Su pintura se centra principalmente en la figura humana. Sus retratos muestran atención al detalle, especialmente en los rostros y la vestimenta. Utilizaba contrastes marcados de luz y sombra, una característica visible en varias de sus obras. A lo largo de su vida, también enfrentó cambios personales importantes: un matrimonio que no prosperó, constantes viajes entre Europa y América, y la pérdida de parte del patrimonio familiar durante la Guerra del Pacífico. Con el tiempo, su vida pública fue disminuyendo.

En sus últimos años, decidió vivir de manera retirada. Permaneció en Lima, donde incluso llegó a enseñar dibujo en la conocida Casa Osambela, pero sin buscar visibilidad. Antes de morir en 1941, donó cinco óleos al entonces Museo de Historia Nacional (hoy Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú).

Los lienzos “Bambino napolitano”, “Margarita”, “Marquesita”, “Retrato de Sara Oquendo” y “Viejo republicano” fueron elegidos por la pintora para ser custodiados por la institución. Gracias a ello, su nombre ha permanecido en la historia del arte peruano como una de las figuras femeninas más relevantes del siglo XIX. Se sabe que la obra “Margarita” se mantuvo en la colección del Museo de Historia Nacional hasta inicios del siglo XX, cuando fue trasladada a la colección del Palacio de Torre Tagle, bajo administración de la Cancillería del Perú, donde figura con el código 26400002.

Una vida reflejada en una imagen


Visto en conjunto, “Margarita” adquiere un sentido distinto. Lo que en un inicio fue la representación de un personaje literario puede leerse también como una imagen que anticipa la propia experiencia de la artista.

La joven del cuadro aparece en un espacio cerrado, en actitud de recogimiento, casi aislada. Años después, Oquendo elegiría una vida apartada, acompañada únicamente por su guía espiritual, un padre franciscano, pues ella consideraba que para “vivir feliz, hay que vivir apartado”. Bajo esa premisa, falleció el 9 de abril de 1941 a la edad de 94 años.

No se trata de afirmar que el cuadro sea autobiográfico en sentido literal, pero sí muestra una sensibilidad que luego se haría visible en su forma de vivir. Esa coincidencia es lo que ha convertido a “Margarita” en una obra especialmente significativa. La historia de Rebeca Oquendo no es solo la de una pintora del siglo XIX; es también la de una artista que fue olvidada y luego recuperada, cuya obra permite volver a mirar una parte poco conocida del arte peruano. En ese recorrido, “Margarita” funciona como una puerta de entrada: una imagen clara y silenciosa que invita a detenerse y observar.

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