UNA HISTORIA EN CADA RINCÓN: EL PUENTE DE LOS SUSPIROS

Todos dicen que debemos creer en algo. En el colegio me dijeron que debía creer en Dios y en la moderación, porque él perdona el pecado, pero no el escándalo. Yo decidí creer en los superhéroes, lo que me llevó a creer que mi mamá era una superheroína. En la adolescencia, y por un breve momento, creí en el amor a primera vista. En mi tiempo en la universidad creía que si sacaba buenas notas tendría un buen trabajo. Cuando empecé a trabajar, creí en la construcción de un buen futuro a base de esfuerzo y de un trabajo que no me hacía feliz. Creí por años que Papá Noel llegaba aquella medianoche de diciembre a mi casa con regalos y que valía la pena andar chimuela por la vida, porque el ratoncito de los dientes me dejaría una que otra moneda por cada diente ofrecido. Creía que si comía ají se me caería la lengua y que el cigarro me hacía ver interesante. Creí que luego de ese primer desamor no volvería a ser feliz y que si me caía aire en los ojos mientras me ponía bizca, me quedaría así para siempre. 

Estos pensamientos me acompañan y dan vueltas en mi cabeza, mientras camino por este puente, en pleno corazón de Barranco, que lleva muchos mitos e historias impregnadas en su piel de madera, corroída por los años.  

El puente de los Suspiros fue inicialmente construido en 1876 e inaugurado un 14 de febrero. Durante la guerra del Pacífico fue destruido por las tropas chilenas tras salir victoriosas en la batalla de Chorrillos el 13 de enero de 1881. Junto a este puente, también fue destruida la famosa capilla de adobe La Ermita, que fue reconstruida y es ahora, junto a la plazuela de Chabuca Granda, un tranquilo lugar para pasear. 

La leyenda dice que a quien atraviese el puente por primera vez aguantando la respiración se le cumplirá el deseo que pida. Pero, ¿qué hay detrás de esta leyenda en la que todo el que pasa por este puente ha decidido creer? La leyenda detrás de la leyenda. Esta cuenta que la hija de un hombre acaudalado tenía prohibido ver al hombre que amaba, porque era «un simple barrendero». Con el corazón roto, ella se ponía de pie junto a la ventana de su habitación y suspiraba con tanta melancolía que las personas que cruzaban el puente podían escucharla. Una historia de amor prohibido, casi tan doloroso como el no correspondido.

Miro alrededor a todas esas personas que ahora, cientos de años después, en memoria de aquella trágica historia, cruzan este puente, que ha pasado y visto de todo, con la esperanza de que se les cumplan los diversos e infinitos deseos que llevan dentro. 

Atravieso este puente de 44 metros de largo y 3 de ancho y me dirijo hacia este pequeño pasillo que está a un lado. Camino a lo largo de él y me lleva hasta un mirador, desde donde se puede ver el mar y gran parte de la Costa Verde. Respiro profundo, siento la sal de la brisa entrar en mis pulmones. Pienso en las tantas historias que llevan consigo estas calles y edificios. Los mitos que arrastran. Las creencias que se pasan de generación en generación.

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