Prepárate para adentrarte en el lado más misterioso del Perú, donde las leyendas y los relatos de lo sobrenatural cobran vida entre susurros y sombras. Desde tiempos antiguos, historias sobre espíritus errantes, encantamientos y fuerzas ocultas han marcado la tradición oral en todo el país, envolviendo sus parajes y pueblos en un halo de misterio. Estas narraciones, llenas de personajes enigmáticos y episodios inexplicables, desafían los límites de la realidad y evocan el poder de lo desconocido.
Déjate cautivar por el eco de estas leyendas que han pasado de generación en generación. Cada relato es un vínculo con el pasado y un recordatorio de que, en ciertos lugares y momentos, lo sobrenatural puede estar a solo un paso.
La bruja mala (Lima)
En el Cementerio Presbítero Maestro, específicamente en el pabellón de los suicidas se encuentra la tumba de Gregoria Camacho, a quien se le conoce como la Bruja Mala y que tiene el singular símbolo de la muerte (una calavera con dos huesos cruzados) esculpido en su lápida.
Dicen que cuando fue enterrada, su lápida tenía símbolos religiosos como sucede con las tumbas de cualquier otra persona fallecida, pero misteriosamente la lápida se rompió.
Cuando se intentó colocar una nueva lápida con los mismos símbolos, apareció nuevamente rota. Entonces, finalmente, se le colocó una lápida con el símbolo de la calavera y desde entonces no se ha vuelto a romper, lo que hizo que una nueva leyenda peruana naciera. Dicen que hasta ahora su tumba es visitada por chamanes y curanderos locales.
El cadete fantasma (Callao)
En el legendario Colegio Militar «Leoncio Prado», ubicado en La Perla (Callao), existió un edificio conocido como La Siberia, originalmente construido para entretener a los alumnos. Con el tiempo, sin embargo, se convirtió en un lugar de guardia y también de castigo, debido a su ambiente frío y oscuro.
Muchos alumnos que pasaban la noche allí aseguran haber experimentado fenómenos paranormales: algunos veían la figura de un cadete con uniforme antiguo haciendo guardia; otros escuchaban fuertes pisadas o veían sombras en los oscuros pasillos seguidas por un profundo silencio. Incluso hubo alumnos que terminaron en shock nervioso tras vivir estas experiencias.
Según la voz popular, el espíritu que habitaba el edificio era el del cadete Diulio Poggi, quien ingresó al colegio en 1945 y falleció trágicamente un año después, a los 16 años, defendiendo a una joven que era atacada en un tranvía. Su acto de valentía convirtió a Poggi en un símbolo de heroísmo para el colegio, al punto de que uno de los pabellones lleva su nombre.
Hoy, el pabellón La Siberia ya no existe, pues fue demolido como parte de la renovación del colegio para dar lugar a un moderno edificio destinado a nuevas generaciones de alumnos.
Las brujas de Cachiche (Ica)
Santa Rosa de Cachiche, conocida hoy simplemente como Cachiche, es un caserío en Ica famoso por ser el «pueblo de la hechicería». Durante la época virreinal, mujeres europeas que escapaban de la Santa Inquisición llegaron al Perú y encontraron en esta región un refugio. La Inquisición las perseguía y sentenciaba a morir en la hoguera por considerar sus prácticas como profanas.
Estas mujeres, al alejarse de la capital y establecerse en el sur peruano, trajeron conocimientos poco convencionales para curar enfermedades, realizar hechizos de amor, y en algunos casos, causar daño. Entre las más célebres estaba Julia Hernández Pecho, viuda de Díaz, quien vivió hasta los 106 años y fue recordada como una «bruja blanca», dedicada al bien.
Una de las leyendas más conocidas relata que Julia predijo que Ica se hundiría cuando reverdeciera la séptima cabeza de una palmera en la laguna seca de Cachiche. La profecía se cumplió en enero de 1998, cuando el río se desbordó e inundó el 90% de Ica. Desde entonces, los habitantes se aseguran de que la séptima cabeza de la palmera nunca crezca para evitar nuevos desastres.
También se cuenta que Julia curó el tartamudeo de Don Fernando León de Vivero, a quien predijo un futuro exitoso. Años después, él se convirtió en un importante político y llegó a ocupar un puesto en la Cámara de Diputados de Ica.
El Tunche (Amazonía)
El Tunche es el espíritu de un hombre atormentado que vaga endemoniado por las profundidades de la selva amazónica, acercándose silenciosamente a sus víctimas. Dicen que aquellos que caminan solos en la jungla escuchan su silbido justo cuando él está cerca, un sonido que anuncia la muerte.
Según la leyenda, su presencia se manifiesta en la forma de un silbido agudo, similar al canto de un ave, que resuena en las noches oscuras de la selva como una advertencia. Algunos lo atribuyen a un simple pájaro, mientras otros lo ven como un espíritu maligno, un «diablo» que se deleita aterrorizando a quienes se aventuran en el monte.
Nadie ha visto al Tunche, pero todos lo reconocen con pavor cuando escuchan su penetrante silbido —»fin… fin… fin…»— que se pierde y reaparece en la espesura, o incluso en el techo de una casa o a la orilla de un río. Los que conocen su historia dicen que, si oyes su silbido, debes ser prudente: nunca admitas que no lo escuchas, o el Tunche se acercará cada vez más. Y bajo ninguna circunstancia respondas a su silbido, pues eso lo invitaría a venir por ti y llevarte de la manera más espantosa.
Provocar o insultar a este ente puede ser fatal para el imprudente, ya que solo aumentará su furia y hará que persiga a su víctima incansablemente, con su amenazante silbido. Hasta el más valiente ha perdido la cordura tras ser acosado por el Tunche, algunos llevados a la locura o a una muerte aterradora.
Los pocos que lograron escapar de él suelen perder la razón tras oír el aterrador silbido. Sobre el destino de aquellos que no escaparon, nadie sabe con certeza: quizás perecen de hambre, devorados por animales salvajes, o atrapados en las garras del mismo Tunche.
El toro encantado (Ayacucho)
La hermosa laguna de Razuhuillca, ubicada en Huanta, es escenario de una leyenda ayacuchana. Se dice que en este lugar habitaba un corpulento y violento toro negro que, en ocasiones, emergía de las profundidades causando destrucción e inundaciones en todo el pueblo huantino. Cansados de esta situación, los pobladores idearon un plan para detener a la bestia.
Una anciana, consciente de su frágil estado de salud, decidió sacrificarse para contener a la criatura. La leyenda cuenta que, tras realizar un ritual, la mujer se lanzó junto con una gran jaula de gruesos barrotes de hierro encantados al fondo del lago. Allí encontró al toro dormido y, con gran esfuerzo, logró encerrarlo en la jaula. Así, la paz y la tranquilidad regresaron a Huanta, pues su temido enemigo estaba aprisionado en las profundidades de la laguna.
Sin embargo, un día el toro logró liberarse, lo que provocó una inundación en la localidad. Los pobladores, entonces, no tuvieron más opción que volver a amarrarlo y asegurar que no volviera a escapar. Desde aquel momento, el pueblo vive en constante vigilia, temeroso de que el toro encantado vuelva a desatar una nueva inundación sobre Huanta.


