UNA HISTORIA EN CADA RINCÓN: PARQUE EL OLIVAR

Era marzo del 88 y, como todos los domingos por la noche, ellos estaban echados en medio del parque El Olivar, mirando el cielo y escuchando «Martha tiene un marcapasos» de Hombres G de fondo.

–  ¿Sabías que estamos rodeados de más de 1600 árboles de olivo, más de 227 especies de flora y alrededor de 22 especies de aves? – le dijo él con entusiasmo – Además de ardillas, hay que tener cuidado con las ardillas, que son muy fanáticas de robarle comida a todos los distraídos – dijo con una manzana en la mano, mirándola de reojo.

–  ¿Y tú sabías que estas plantas datan del año 1560? Trajeron muchas desde Sevilla, de las cuales solo sobrevivieron tres y casi 200 años después ya había más de 2000 de ellas – respondió ella, manteniendo su mirada fija en el cielo – Antes, todo esto era una hacienda, le pertenecía al conde de San Isidro, pero luego de una mala racha y dificultades financieras, en el año 1920 vendió la propiedad y se inició el proyecto de urbanización del lugar, bajo el nombre de “Compañía Urbanizadora San Isidro”. Manuel Piqueras diseñó un plano variado e irregular donde se abrió a la ciudad esta antigua hacienda y se dividió en 41 lotes para la construcción de casas, las cuales integraron en sus diseños los mismos árboles y vegetación ya existente – dijo ella casi sin respirar.

Él la escuchaba con atención y, mientras ella miraba el cielo, él la miraba a ella. No estaba sorprendido del discurso que ella acababa de dar, la conocía demasiado como para estarlo, pero nunca dejaba de admirarse, de admirarla. Se conocieron una década atrás, a los seis años, cuando los papás de ella se mudaron a un par de casas de donde vivía el papá de él. Se hicieron amigos rápidamente. La mamá de él había fallecido cuando él tenía cuatro años y su papá trabajaba mucho, así que él pasaba mucho tiempo en la casa de ella, convirtiéndose en prácticamente de la familia.

Ese domingo, en el Olivar, sería el último de muchos, que tuvieron lugar en esos diez años de amistad. La mamá de ella era diplomática y en unos días toda la familia sería trasladada a Madrid. El día que ella le contó que al final del verano debía mudarse a miles de kilómetros de ahí, lo hizo con lágrimas en los ojos, con esas lágrimas amargas que duelen y dejan cicatrices. Él la abrazó en silencio, intentando controlar las suyas. Le prometió que ese verano sería el mejor de todos, y desde entonces había hecho de todo para que así fuera.

 

Esa tarde, él había llevado una manta que sacó de su casa, una mochila llena de diversos bocadillos y ese radio transistor que había pasado semanas arreglando. El clima estaba templado y en el cielo se empezaban a dibujar esos puntos brillantes que a ella tanto le gustaban. Los dos, echados en la manta, miraban como las copas de los árboles bailaban al son del viento. Él estaba nervioso, más de lo que pensó que estaría. Se sentó y sacó un paquete de su mochila. “Lara… te traje algo”, dijo entregándole el paquete envuelto en papel periódico. “¿Qué es?”, preguntó ella recibiéndolo.

Era el radio que su abuelo le había regalado. El mismo que unos meses atrás se le había caído y roto en pedazos. Ella se quedó mirando el aparato y con los ojos brillantes, levantó la mirada. “Santiago… no quiero irme”, susurró ella con la voz quebrada. “Y yo no quiero te vayas”, respondió él.

Los años pasaron, 33, para ser exactos. Ahora, él tiene canas en el pelo, la mirada más cansada y el alma transitada. Así como él, el parque del Olivar también ha evolucionado, ahora está rodeado de la Casa de la Cultura, el Centro Cultural El Olivar, que alberga en sus instalaciones a la Biblioteca Municipal, la Biblioteca Infantil, el Teatro de Cámara, la Sala Multiusos y la Galería de Arte; y la Casa de Museo Marina Núñez del Prado.

Él pasea por ahí todos los domingos. Tiene una hija de 15 años y un hijo de 10. Está divorciado y tiene un restaurante que quiere casi tanto como a sus hijos. Está tan nervioso como aquel verano del 88, haciendo el camino de siempre, pero hoy no es un domingo como cualquier otro.

Los minutos pasan, él mira su reloj y mira alrededor. El cielo empieza a oscurecer, las luces del parque se encienden. “No te hagas ilusiones”, se dice a sí mismo, “lo más probable es que no venga”. Se sienta en una banca y mira hacia arriba. “¿Sabías que este parque representa el 1.7 por ciento del área verde que existe en toda la ciudad?”, escucha a una voz decir detrás de él. Respira profundamente y voltea.

Parque El Olivar

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