Arte virreinal
¿Y si algunas de las obras más famosas del arte virreinal peruano guardaran mucho más de lo que vemos a simple vista?
Durante siglos se pensó que los pintores indígenas del Virreinato del Perú simplemente copiaban los modelos europeos que les enseñaban los religiosos y maestros españoles. Hoy, sin embargo, los historiadores del arte coinciden en que esos artistas no fueron meros imitadores. Aprendieron las técnicas, los temas y la iconografía del cristianismo, pero también incorporaron elementos de su propio entorno y, con ello, dieron origen a un lenguaje artístico único en América.
La llamada Escuela Cusqueña es quizás el mejor ejemplo de este proceso. Sus obras muestran paisajes andinos, plantas, animales, textiles y costumbres locales integrados en escenas religiosas. Lo que aún se debate es el significado de esos elementos: ¿eran simples adaptaciones para acercar el cristianismo a la población andina o también expresaban la permanencia de antiguas creencias? La respuesta no es única y ha dado lugar a distintas interpretaciones.
¿Arte cristiano o un diálogo entre dos mundos?
Los primeros talleres de pintura establecidos en el Cusco enseñaron a artistas indígenas y mestizos a representar santos, vírgenes y escenas bíblicas siguiendo modelos europeos, muchos de ellos inspirados en grabados flamencos e italianos.
Sin embargo, a medida que estos pintores adquirieron mayor experiencia, comenzaron a incorporar rasgos propios del mundo andino. La historiadora del arte Teresa Gisbert, una de las mayores especialistas en arte colonial andino, sostuvo que muchas de estas imágenes reflejan un profundo proceso de sincretismo cultural, en el que símbolos cristianos y andinos convivieron dentro de una misma obra.
Otros investigadores, como Ramón Mujica Pinilla, prefieren hablar de un complejo proceso de apropiación cultural, en el que las imágenes religiosas fueron reinterpretadas por artistas y comunidades indígenas sin que ello implique necesariamente una forma de resistencia secreta frente a la evangelización.
"La Última Cena": un cuy en la mesa de Jesús
Una de las pinturas más conocidas del arte virreinal peruano es «La Última Cena», realizada hacia 1753 por el pintor cusqueño Marcos Zapata para la Catedral del Cusco.
La obra sorprende porque, en el centro de la mesa, aparece un cuy asado, uno de los alimentos más representativos de los Andes. También se observan ajíes y otros productos locales, integrados en una escena que tradicionalmente seguía modelos europeos.
Durante años se ha dicho que el cuy sustituyó al cordero pascual para «andinizar» la escena bíblica. Esa interpretación es ampliamente aceptada, aunque algunos especialistas recuerdan que no existe un documento que explique la intención del pintor.
Otra afirmación muy difundida sostiene que Jesús y sus discípulos beben chicha en lugar de vino. Sin embargo, este punto es menos claro. Algunos investigadores interpretan que ciertos recipientes podrían contener chicha, mientras que otros consideran que el vino eucarístico continúa presente en la pintura. Lo que sí resulta evidente es que Marcos Zapata adaptó la escena al contexto cultural de los Andes.
Los ángeles arcabuceros: una creación del mundo andino
Otra de las imágenes más llamativas del arte virreinal son los llamados ángeles arcabuceros. En estas pinturas los ángeles aparecen vestidos como elegantes soldados barrocos y sostienen un arcabuz en lugar de la tradicional espada.
Este tipo de representación prácticamente no existió como género artístico en Europa y alcanzó su mayor desarrollo en el antiguo Virreinato del Perú.
Los especialistas creen que estas figuras surgieron a partir de modelos europeos relacionados con los ejércitos y la nobleza militar, pero fueron reinterpretadas por los talleres andinos hasta convertirse en una iconografía propia. Algunos autores también han propuesto que estos ángeles pudieron relacionarse con antiguas concepciones indígenas sobre seres celestiales o guardianes sagrados, aunque esta hipótesis sigue siendo motivo de debate.
"La Virgen del Cerro": ¿María, una montaña o la Pachamama?
Pocas pinturas han despertado tantas interpretaciones como «La Virgen del Cerro». En esta obra, el cuerpo de la Virgen adopta claramente la forma de una montaña, mientras sobre ella aparecen iglesias, caminos y personajes que parecen recorrer el paisaje.
Para muchos historiadores del arte, entre ellos Teresa Gisbert, esta composición puede entenderse como un diálogo entre la devoción mariana y la antigua sacralidad de las montañas andinas. En la cosmovisión prehispánica, los cerros o apus eran considerados seres protectores y lugares sagrados, por lo que algunos investigadores han sugerido que la montaña también podría evocar a la Pachamama.
Sin embargo, otros especialistas consideran que no puede afirmarse que la pintura represente directamente a la Pachamama «disfrazada» de Virgen María. No existe ningún documento que confirme esa intención por parte del artista. Para ellos, la obra debe entenderse como una expresión del sincretismo religioso característico de los Andes, más que como un mensaje oculto.
¿Mensajes secretos o mestizaje cultural?
Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que los pintores indígenas escondían símbolos de sus antiguas creencias para engañar a los frailes y mantener viva su religión. Aunque esta interpretación sigue siendo muy atractiva y aparece con frecuencia en libros de divulgación y redes sociales, la mayoría de historiadores actuales considera que la realidad fue mucho más compleja.
Hoy se entiende el arte virreinal andino como el resultado de un intenso encuentro entre dos culturas. Los artistas indígenas no fueron simples copistas, pero tampoco actuaron necesariamente como autores de mensajes secretos. Más bien, adaptaron las imágenes cristianas a su propio universo cultural, creando un arte nuevo en el que convivieron tradiciones europeas y andinas.
Quizá ese sea el verdadero secreto del arte virreinal peruano: no ocultó una sola historia, sino que consiguió reunir dos maneras distintas de entender el mundo en una misma pintura. Por eso, siglos después, estas obras siguen invitándonos a mirar con atención y a descubrir que, detrás de cada pincelada, aún quedan muchas preguntas por responder.
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