UNA HISTORIA EN CADA RINCÓN: CERRO AZUL

Un repentino ruido no nos deja terminar de escuchar “Si me dejas no vale” de Julio Iglesias que suena en radio Panamericana. Bajo el volumen y volteo a mirarlo.

– Ya sé lo que me vas a decir y no hace falta, dice sin quitar la mirada de la carretera

Carla y Eduardo nos miran desde los asientos de atrás. El ruido se hace más fuerte. Él mueve la palanca de cambios y el carro responde haciendo un movimiento brusco y avanzando a duras penas. Él se ríe y me mira.

– ¿Cómo es que siempre tienes razón?, me dice con una sonrisa

– Cosas de la vida, y además este carro ya viene fallando desde hace meses…, respondo mirando fijamente a un cartel  en la carretera. Estamos en el kilómetro 131 

– Por aquí hay un playa simpática, dice Carla acercándose. Se llama Cerro Azul. 

Con el carro dando sus últimos suspiros de vida, llegamos a un estacionamiento a unas cuadras del malecón. Bajamos y caminamos por aquel balneario de bonitos acabados rústicos. El sol está cayendo encima del mar, dejando un rastro dorado sobre él y el cielo cambia de color a cada segundo que pasa.

Preguntamos a toda persona que vemos en el camino si conoce algún hotel donde poder pasar la noche. Pregunta que parece hacerle gracia a todos, menos a nosotros, que con cada respuesta que nos dan nos confirman que vamos a tener que dormir en aquella chatarra color verde agua del 65´ que olía a tortilla de muy-muy.

– Sábado de Semana Santa está bastante difícil, nos dice un muchacho. Pero tal vez el señor Saturnino los puede ayudar

Vamos hasta el final del muelle, donde nos dijeron que lo encontraríamos. Y ahí está él. Recogiendo sus redes de la pesca del día con una sonrisa cansada que le ilumina la cara. Lo saludamos, nos presentamos y exponemos nuestro caso de falta de techo para esa noche.

– Yo no tengo un hotel señorita…, dice. Lo que tengo es un cuarto pequeño, les puedo armar ahí unas camitas… Si ahí se pueden acomodar los cuatro, no habría problema.

– Muchas gracias, nos salva la vida, dice Carla.

– No hay de qué señorita. ¿Vienen aquí a correr olas?, pregunta. Aquí vienen muchos muchachos surfistas, me han contado que es porque en nuestro mar hay buenas olas, tubulares les llaman. Yo de eso no sé mucho. Lo que sí les puedo contar es que este gran muelle de concreto, sobre el que estamos caminando, tiene 400 metros de largo y se construyó a inicios del siglo pasado, en el año 1925. Este era el lugar desde donde se transportaban, vía marítima, los productos provenientes del valle de Cañete, los mismos que se comercializaban por todo el mundo. Desde aquí se pueden apreciar los atardeceres más bonitos que he visto, dice con un suspiro.

Todos estamos inmersos en lo que nos cuenta el señor Saturnino, y asombrados con el movimiento del mar que refleja ese cielo estrellado que nos envuelve. Unos minutos más tarde llegamos a su casa, donde nos presenta a su esposa Rosalinda, que muy amablemente nos recibe. Dejamos nuestras cosas en el cuarto que nos designan y cuando salimos a la sala, nos sorprenden con unas caiguas rellenas de toyo de leche, que hasta el día de hoy creo que ha sido uno de los platos más ricos que he comido.

– Prende la fogata, mientras yo saco el anisado, dice la señora Rosalinda mirando a Saturnino.

Los cuatro nos dividimos para ayudarlos en las tareas propuestas. Media hora después estamos los seis sentados afuera de la casa frente al mar, alrededor de la fogata con el segundo vasito de anisado en mano, calentándonos por dentro y por fuera.

–  ¿Se sabe alguna historia de terror, señor Saturnino?, pregunta Eduardo.

–  Cuenta una leyenda que muchos años atrás un pescador se enamoró de una sirena que vivía en aquel muelle que podemos ver desde aquí. Un día, salió muy temprano de su casa y no volvió más. Después de mucho tiempo se escuchó en mitad de la noche el canto de la sirena que se lamentaba. Algunos dicen que el pescador se fue con ella y otros que simplemente se fue y que ella lo sigue buscando con su canto. Hay una roca que se puede ver desde el muelle, que tiene la forma de una persona, y muchos dicen que es el pescador convertido en piedra.

Esa noche escuchamos los lamentos de la sirena llamándonos… Es broma, es solo un mito, pero lo que sí es verdad es que aquel inesperado sábado por la noche de semana santa del 77´ fue uno de las mejores que pasamos juntos los cuatro, tomando anisado y escuchando aquellas historias, rodeados de la brisa del mar y esa madera consumiéndose frente a nosotros. 

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