UN BÁLSAMO AL CORAZÓN: HISTORIAS EN LA PLAZA MAYOR

Es muy temprano, el sol recién se está levantando, pero ya hay movimiento en las calles que rodean la plaza. Paso frente al club de la Unión, cruzo la pista y me dirijo a la zona central. Camino alrededor de la pileta. Miro aquel ángel de bronce tocando la trompeta y me recorre un escalofrío en todo el cuerpo. “Hasta el ángel lo sabe”, pienso. El sonido de mi barriga me despierta. Miro el reloj, las 6:28 a.m. Tomo consciencia de que lo único que mi cuerpo ha consumido en las últimas ocho horas han sido unos cuantos pisco sours, “por lo menos tienen huevo”, me río sola.  Cruzo el jirón Huallaga y camino hasta la esquina con jirón Callao. Una cafetería, susurro con una emoción que me dura un segundo más hasta que me doy cuenta de que está cerrada. Es que mi vida no puede ser más un meme, pienso con otro crujido de mi barriga.

“Pancho, un café y un triple para llevar”, dice una señora con un abrigo marrón luego de haber tocado la puerta de la cafetería de forma particular. La puerta se abre solo un poco, “enseguida, sra. Rosina”, dice una voz. “Hay que tener vara para todo en esta vida, niña”, dice ella mirándome fugazmente. Yo la miro sin decir nada. La miro, tal vez más de lo que está considerado como normal dentro de las normas sociales. “Pancho”, dice volviendo a tocar la puerta, “otro café y una empanada”. Yo sigo sin decir nada. “Tienes pinta de necesitarlo”, me dice.

Caminamos hacia la plaza con café en mano. Creo que nunca había probado uno más rico en mi vida. “¿Quién es el condenado?”, pregunta. Quiero decir algo, pero no me sale la voz.  Después de tres segundos en los que creo que mis neuronas han dejado de hacer sinapsis, logro decir que se llama Andrés. “Bueno, muchacha, anímate, que aquí nadie se ha muerto por ningún Andrés, por un Pancho que hace los mejores cafés y empanadas de la ciudad, tal vez, pero por un Andrés, nadie. Ya tendrás más oportunidades para sentir que tu mundo se acaba, por mientras disfruta de estar aquí”, dice tomando un sorbo de café.

Rosina ha vivido toda su vida en el centro de Lima. Conoció a sus mejores amigos en estas calles y vivió muchas experiencias en esta misma plaza. “¿Sabías que esta plaza fue originalmente  destinada al comercio? También fue utilizada como plaza de toros y como tribunal de ejecución de la Santa Inquisición, en la época virreinal. Luego un sábado 28 de julio de 1821, en este mismo lugar donde estamos paradas, el general San Martín proclamó la independencia del país. ¿Sabes cuánta historia hay en esta plaza? Alrededor de estos edificios y de esta pileta que data del año 1650, con ese ángel que me pone los pelos de punta, pero que ha estado más tiempo del que tú y yo hemos vivido juntas. Estamos rodeadas de historia y de la historia de mucha gente también”, dice, sentándose en una banca.

Rosina recuerda como si fuera ayer el día en el que conoció a Fabrizio, hace sesenta y cinco años, un día como hoy. “Yo estaba sentada en una de las mesas de la Botica Francesa en jirón de la Unión, tomándome un café, cuando él llegó y se sentó frente a mí. Iba vestido con un pantalón blanco, un polo con cuello celeste y zapatos de charol negros. Yo no era de impresionarme mucho, pero ese día, ese hombre me impresionó”. Pasaron aquel verano del 57 entre la playa y aquella cafetería. La familia de Fabrizio se hospedaba en el hotel Maury. Habían venido de Venecia por negocios y solo se quedarían unos meses. En cuanto los negocios estuvieran cerrados, regresarían a sus tierras al otro lado del charco, a miles de kilómetros de Rosina. 

 “En esa banca, frente a la Catedral, nos besamos por primera vez”, dice emocionada. Yo la escucho atenta, completamente perdida en su relato.

 

 “Yo era una niña, no era consciente de lo que nuestra relación suponía, solo nos estábamos divirtiendo”. Fabrizio tendría que hacerse cargo del negocio de su familia, y no tenía la libertad de elegir, o por lo menos nunca pensó que la tuviera. “Yo era una chica con muchos sueños y ninguna responsabilidad más que mi propia existencia. Fui criada por una madre soltera, bastante liberal para la época, la primera y única del barrio en separarse, que me explicó que yo podía ser lo que quisiera, siempre y cuando fuera libre y no me atara a ningún hombre. Tú no necesitas de nadie, mi Rosi, siempre que te tengas a ti, ya lo tienes todo, me decía ella”. Pero Rosina se enamoró de Fabrizio, y Fabrizio de ella.

 

Los días pasaron, las semanas se esfumaron como las nubes que cubrían el cielo aquella mañana de abril. Rosina y Fabrizio quedaron en encontrarse en la Botica Francesa a las cinco de la tarde para escaparse juntos. Él esperó por horas, pero ella nunca llegó. “No pude. No podía hacerle eso. Quitarle la posibilidad de ser alguien en la vida. Su familia ya lo tenía todo planeado. Mucha gente dependía de él. No pude.” “¿Y nunca supiste nada más de él?”, pregunté tomando el último sorbo de café. Fabrizio asumió el negocio familiar y se casó con otra persona, como se esperaba de él. Nunca se volvieron a ver, pero el recuerdo de aquel verano nunca los abandonaría.

Si esta plaza hablara, contaría, entre lágrimas y risas, todas las historias que han pasado por aquí.

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