UNA HISTORIA EN CADA RINCÓN: CATARATA LA BRUJA, VILLA RICA

«Gire a la derecha, doscientos metros adelante gire a la izquierda, siga de frente 25 kilómetros…» Este fue el soundtrack que me acompañó durante más de dos horas hasta que por fin, luego de un largo camino de carretera sin saber en dónde estaba, el dispositivo dijo: «Ha llegado a su destino». Miré alrededor preocupada. No parecía haber seres humanos cerca. Apagué el motor del carro y me bajé. Caminé unos cuantos metros hacia los lados y el paisaje seguía siendo el mismo. No había nada que indicara que estaba en el lugar al que inicialmente quería llegar. Esto de destino no tiene mucho, pensé. Estaba definitivamente perdida. Saqué mi celular, pensando en llamar a la grúa, al hotel, o a quien sea que pudiera sacarme de ahí. Pero, como siempre el universo queriendo sorprenderme, el celular estaba sin señal y sin internet. Empecé a cuestionar todas las decisiones que me habían llevado a ese momento, «te va a hacer bien», me dijeron, «viajar sola es una experiencia increíble, vas a conectar contigo, a respirar nuevos aires». Yo con lo único que conectaba en ese momento era con una ansiedad insoportable y no podía evitar repasar en mi mente todas esas frases de excesivo positivismo capitalizado que me habían dicho. Estaba harta de «si la vida te da limones, haz limonada» o del clásico «todo pasa por algo»,  y el infaltable «ten fe en que el destino tiene algo preparado para ti». Y a mí me quedaba cada vez más claro que mi destino era seguir equivocándome a cada paso que daba. 

Me subí al carro con la intención de buscar una salida, pero solo logré perderme más. Estacioné al lado de unos árboles y busqué una inexistente señal en el celular. «¿Estás perdida?», dijo de pronto una voz. Me di la vuelta intentando descubrir si esa voz era real o si mi mente me estaba jugando alguna gracia. Un chico adolescente estaba parado al lado de mi carro, mirándome, esperando una respuesta que no llegó, porque me quedé muda. Unos segundos después apareció una chica algo mayor que él. «Joaquín, apúrate», dijo ella. «Está perdida, pero no dice nada», dijo él mirando a la chica. «Perdón, sí, me perdí y ahora no sé cómo salir de aquí», reaccioné. «Quiero llegar a Pozuzo…», añadí. Me contestaron que Pozuzo estaba al otro lado de donde nos encontrábamos. Luego de intentar darme direcciones en vano, me dijeron que ellos estaban de camino a la catarata La Bruja. Dándome por vencida y asumiendo de una vez que no iba a llegar a Pozuzo, por lo menos no ese día, les conté que era la primera vez que viajaba por aquella zona, así que se ofrecieron a llevarme a conocer. 

Dejé el carro estacionado y empezamos a caminar entrando al bosque, ellos con mucha más habilidad que yo. Un rato después de resbaladas, unas cuantas ramas en la cara, mariposas preciosas y ruidos irreconocibles que hacían mi corazón latir a mil por hora, llegamos a este inesperado lugar, la catarata La Bruja.   

Esta catarata se encuentra a una altitud de 1552 msnm y la caída de agua, de 19 metros de largo y 5 de ancho, emana del cauce del río Colorado que nace del cerro Alto Bocaz. Apenas llegamos, ellos corrieron hacia la caída, se quitaron los zapatos y se metieron a la poza que se formaba debajo de la cascada, riéndose y disfrutando. Yo me quedé parada a unos metros de ahí, solo mirando. Los rayos de sol se colaban por entre las ramas de los árboles que nos rodeaban. El cielo celeste se teñía, por momentos, de manchas blancas que se movían formando imágenes. El olor de la tierra mojada, el ruido del agua al caer en las rocas, las risas de los chicos. Todo me tenía paralizada en ese instante, sin querer mover un centímetro de mi cuerpo. «Ven, el agua está buenaza», gritaron ellos despertándome de mi trance. Y por primera vez en mucho tiempo, mi mente se mantuvo callada y la ansiedad controlada, me quité los zapatos y los seguí sin pensar en nada más. Me paré debajo de aquella fría caída de agua. Respiré profundo, sintiendo el agua rebotar encima de mí y dejé ir todo ese peso que había estado cargando. 

Después de una hora en el agua, y de tener las manos y los pies como pasas, los tres nos sentamos debajo del sol. Me contaron que ellos vivían con sus papás, que trabajaban en los cafetales de Villa Rica. Les pregunté sobre el nombre de la catarata, me había quedado pensando en ella. Me contaron que el nombre La Bruja se debe a que en la parte alta de la catarata, a pocos metros de su caída, se halla una piedra rectangular bastante particular. Tiene un poco más de metro y medio de largo y casi un metro de ancho, y es conocida como la Piedra del Destino. Se cree que esta piedra tiene atributos mágicos y el poder de mostrar vaticinios futuros a los brujos y chamanes de la zona.

Al final de ese extraordinario día, no estaba segura de haber recibido alguna predicción ni señal sobre lo que mi futuro traería, pero definitivamente, aunque fuera solo por ese día, había llegado a mi destino. 

Entrada Libre

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