UNA HISTORIA EN CADA RINCÓN: EL MALECÓN DE LOS INGLESES

El veintidós de mayo del 2020 fue el día en el que el Gobierno de Martín Vizcarra anunció que la cuarentena, que en principio debía terminar el veinticuatro de ese mes, se extendería hasta el 30 de junio, y también el día en el que mi perro y yo nos humillamos pública y gratuitamente en el malecón de Barranco o el Malecón de los Ingleses, como realmente se llama. Y por qué de los Ingleses, se preguntarán. Según Google y unos amigos conocedores del tema, hacia finales de la década de 1880, el espacio que actualmente es Barranco, estaba poblado, en su mayoría, por ingleses y alemanes, y la zona del ahora malecón estaba deshabitada, por lo que el ciudadano inglés Juan Mattinson decidió donar una parte de su terreno para la construcción de un parque con vista al mar, y así tener la oportunidad de urbanizar la zona, ofertando a un mayor precio sus terrenos. Fue así que en el año 1891, Juan Mattinson cedió ese terreno a la Municipalidad de Barranco. También estuvo la importante colaboración económica de los vecinos para la implementación de dicho malecón, con la promesa de un espacio comunal con una de las mejores vistas de la bahía limeña. 

Pero me estoy desviando, regresemos al 22 de mayo del 2020, aparentemente, un día como los últimos sesenta y ocho días de cuarentena, en los que la ausencia de cordura y el exceso de pijama se habían convertido en la nueva normalidad. Mi único momento de paz mental cada día era salir a caminar con Benito al malecón. Es difícil describir de una manera justa a Benito. Cuando llegó a mi vida era un cachorro muy asustadizo y nervioso, con un miedo extremo a los ruidos, perros, personas, en general a todo lo que se moviera, y, para ser honesta, seis años después sigue siendo algo así. Por otro lado, es algo arisco, malhumorado, extremadamente dependiente, quisquilloso con la comida, y lo quiero como si lo hubiera parido. Ese veintidós de mayo, salimos por la mañana con la esperanza de que no hubiera gente ni perros en el parque para que no tuviéramos que estresarnos ni él ni yo. 

Todo va bien, poca gente caminando y en el parque del malecón solo un perro más. Benito me mira contento, “estamos de suerte”, le digo. Caminamos por el parque y nos paramos a admirar la increíble vista que tenemos al frente. El sol reflejando ese luminoso rayo encima del mar, la brisa fresca, las flores que nos rodean… De pronto, Benito se arrima exageradamente a mi pierna y empieza a temblar. Me agacho para calmarlo y veo a lo lejos dos perros inmensos venir cabalgando sin correa y a toda velocidad. No puedo creer que así es como moriré, pienso. Levanto a Benito y lo abrazo con fuerza, mientras tiro patadas al aire intentando alejar a los animales que saltan alrededor mío. “Fuera, fuera”, grito yo. “Ey, ey, vengan aquí”, dice una voz firme proveniente de un humano vestido con un buzo gris y pelos despeinados. Mientras los acaricia y les pone la correa, me dice que no hacen nada, que son super mansos. Los perros empiezan a saltar y a darle de lengüetazos. Yo le respondo que tiene que tener cuidado con sus perros, que no puede soltarlos en una zona pública, que es una irresponsabilidad… Los perros saltan hacia mí de nuevo y yo doy un paso atrás con Benito y sus patas adosadas a mi cuello. “Lo siento mucho, normalmente me hacen caso cuando los llamo”, dice jalándolos. Por fin los perros se sientan y se calman, yo abrazo fuertemente a Benito y respiramos más calmados. “¿Vives por aquí?”, pregunta él. Yo le respondo y unos minutos después, sin darme cuenta, estamos entablando una conversación. Nos reímos, comentamos el clima, hablamos de series, le cuento que en el 88 se incluyó el lugar en el que estamos parados como parte de la zona monumental del distrito y la historia entera del malecón de Barranco. Qué bien vas, pienso, desempolvando habilidades sociales que creías perdidas. Tal vez es una buena idea pedirle el teléfono o por lo menos preguntarle cómo se llama. “Oye y tú…” empiezo a decir, cuando noto que sus ojos se achinan y juro que puedo ver debajo de su mascarilla una sonrisa. “Mmm… tú…” dice señalándome. Yo no entiendo nada. “Se está cagando”, dice, “tu perro se está cagando”. Yo miro hacia mis brazos y veo a Benito haciendo exactamente lo que el enmascarado acaba de decir mientras yo lo tengo cargado. Felizmente no encima de mí, pero la caca cae a la vereda donde estoy parada. Espero por unos eternos segundos a que termine de cagar y sin soltar a Benito, que me mira como si con él no fuera la cosa. Saco una bolsa de mi bolsillo y me agacho para recoger la gracia. “¿Necesitas ayuda?”, pregunta él intentando esconder las tremendas ganas de reírse. Le digo que no se preocupe, que lo tengo todo controlado. “Ya está”, digo, mostrándole sin ninguna buena razón la bolsa de caca. “Bueno, nos vemos”, añado, queriendo despedirme dignamente, pero por alguna extraña razón sigo mostrándole la bolsa de caca cada vez que una palabra sale de mi boca. “Cuidado”, dice él señalando hacia atrás mientras yo evito tropezar con la berma de la vereda. “Todo bien…”, digo intentando no caerme con la bolsa de caca en una mano y Benito en la otra. 

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